Casi diez años se demoró Estados Unidos en llegar a la Luna, mientras que a un chileno sólo le bastaron cuatro días para adjudicársela, tal cual. Mientras el gringo de Neil Armstrong descendía del modulo lunar del Apollo 11, repasando mentalmente su famosa frase para el bronce (“Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”, que claramente no fue improvisada), no sabía que el terreno que estaba por pisar ya tenía dueño hace más de 15 años.

Era el 24 de septiembre de 1954 y al abogado Jenaro Gajardo le acababan de decir que no podía ser aceptado en el aristocrático Club de Talca, ya que no era poseedor de ningún bien raíz. Ni corto ni perezoso y con su ingenio característico partió al día siguiente a la notaría de su amigo César Jiménez Fuenzalida y dejó constancia de que era dueño ni más ni menos que de la Luna, para lo cual acreditó que lo era desde antes de 1857, fórmula usada en la época para sanear terrenos sin título de dominio.

El notario sorprendido por la petición, le dijo a su amigo que la inscripción cumplía con todos los requisitos, ya que la Luna era un bien raíz, pertenecía a la Tierra, tenía límites y dimensiones, pero que de seguro lo iban a tildar de loco. Algo que obviamente a Gajardo no le importó. Luego de esto, don Jenaro realizó las tres publicaciones en el Diario Oficial como lo estipulaba la ley, por si alguien reclamaba ser dueño del terreno. Algo que por supuesto no sucedió.

Tiempo después los usureros del Servicio de Impuestos Internos quisieron pasarse de vivos y enviaron a un par de inspectores a cobrarle las contribuciones de tan peculiar terreno. Ante esto, don Jenaro aceptó pagar todo lo que supuestamente debía, pero antes, exigió que los funcionarios fueran a medir y tazar el terreno, como lo estipulaba la ley. Después de esto, no se supo más de ellos.

La fascinación que tenía Jenaro Gajardo por lo extraterrestre no terminó ahí, ya que también creó el Coalmismo, movimiento filosófico que buscaba la hermandad y fraternidad entre los seres humanos, además de ser una especie de comité de bienvenida para los primeros amigos de E.T que nos visitaran.

Pero aún queda lo mejor. Existe el mito de que antes que Armstrong y compañía pisaran suelo lunar, el mismísimo presidente Richard Nixon envió una carta a don Jenaro a través de la embajada norteamericana, pidiéndole autorización para el alunizaje:

“Solicito en nombre del pueblo de los Estados Unidos autorización para el descenso de los astronautas Aldrin, Collins y Armstrong en el satélite lunar que le pertenece”.

A lo que el chileno, con su particular estilo, respondió:

“En nombre de Jefferson, de Washington y del gran poeta Walt Withman, autorizo el descenso de Aldrin, Collins y Armstrong en el satélite lunar que me pertenece, y lo que más me interesa no es sólo un feliz descenso de los astronautas, de esos valientes, sino también un feliz regreso a su patria. Gracias, señor Presidente”.

Según Juan Pablo Gajardo, sobrino nieto de Jenaro, su tío abuelo era bien fantasioso y siempre andaba inventando historias, por lo que no da mucho crédito al mito de la carta. Pero en la familia las opiniones están divididas, ya que la hija del aludido asegura que la historia es totalmente cierta.

Independiente de si es cierto o no, la historia es buena, tanto así que Otto Fiuza, cineasta español, quiere hacer un documental sobre Gajardo y su familia. A ver si a Buzz Aldrin le hacen un corto alguna vez.