Celosos y celópatas: los que aman mal

 

Por Ismael GIL

 

Los celos son una emoción (lt. emovere: mover, remover; turbación del ánimo), que puede llegar al grado de obsesión y de tormento y que, usualmente, se desencadenan frente al miedo a perder a la persona amada. El celoso identifica amor con posesión y, por extensión, con exclusividad.  Los celos constituyen un mecanismo de control que pretende evitar esa pérdida, independientemente de si existen causas objetivas que motiven la inquietud. Según la psicología, los celos suelen darse en individuos dependientes y con una frágil autoestima y que reaccionan negativamente ante la posibilidad de lo que ellos consideran como un abandono. El celoso, ante todo, quiere una relación blindada.

 

Normalmente, esta conducta mechada de exigencias, control y desconfianza produce el efecto contrario del que busca, es decir, la persona controlada suele sentirse presionada, absorbida y agotada por las exigencias del celoso y existen muchas posibilidades de que abandone o se queme en la relación. El celoso exige fidelidad incondicional, algo que ni remotamente él, en la mayoría de los casos, se halla en disposición de ofrecer. El celoso no vive ni deja vivir y nunca está totalmente satisfecho porque la inseguridad y el fantasma de la traición le embargan.

 

La raíz de los celos, como de todas las emociones, se halla en la infancia que vertebra las pautas de la conducta y de los apegos (Luna), básicamente, porque el niño no es autónomo y para sobrevivir depende de sus padres, especialmente, de su madre, su fuente de nutrición a todo nivel. El niño también experimenta celos por diferentes causas, sobre todo por la aparición inquietante de intrusos, es decir, de nuevos hermanos, que le quitan protagonismo y pueden obligarle a renunciar a algunos privilegios. El celoso, como el niño, es egoísta porque reclama sacrificio y dedicación incondicional muy por encima del que él está dispuesto a asumir o a corresponder.

 

En la infancia se configura nuestro marco emocional, se cristalizan las dependencias, los apegos y las primeras seguridades. Un niño bien amamantado es sinónimo de un niño confiado y seguro. Freud, afirmaba que el mayor era el triunfador de los hermanos. porque había tenido la exclusiva de la dedicación y el amor de su madre.  En cualquier caso, la madre, es la primera referencia susceptible de apego que, con el tiempo, puede ser sustituida por la pareja.

 

En cualquier caso, los celos son una emoción básica natural, una reacción de alerta que sólo deviene patológica cuando adquiere una intensidad incontrolable para el individuo que la sufre. Muchas personas interpretan los celos como una indicación de importancia, como una verificación de interés por la persona depositaria de los celos, que incluso puede llegar a sentirse halagada. En muchas ocasiones, sobre todo las mujeres, que entienden más de estrategias y de cómo dar celos que los hombres, se usan los celos para que el “otro” se defina.  Para que existan celos debe existir un rival, cierto o imaginario, a partir del cual se establece una comparación, una competencia y un temor a ser reemplazado porque no se esté a la altura de la competición. 

 

En resumen, los celos están emparentados con la seguridad personal en la amplia acepción de la expresión. En términos astrológicos, es clara la conexión con el signo de Tauro y su regente Venus, afirmación que se corrobora por el hecho médicamente confirmado, de que  es la glándula tiroides, situada en el cuello, o en la zona regida por Tauro, la mayor implicada en los celos patológicos. Las alteraciones hormonales de esta glándula, suelen ir  acompañadas de cambios radicales de humor y de conducta que afectan a la disposición anímica y sexual y que suelen adoptar la forma de  manías, obsesiones y neurosis. Igualmente, las manifestaciones somáticas son evidentes y afectan sobre todo a las cervicales, los genitales y el corazón. 

 

Para los antiguos el Amor es el principio y el origen de todas nuestras alteraciones y el compendio de todos los trastornos del alma, pues si deseamos gozar de lo que nos agrada, ya sea realmente hermoso o en apariencia, lo llamamos avidez o concupiscencia; si no podemos gozar de ello, es dolor y desesperación; si gozamos de la cosa deseada es considerado placer y voluptuosidad; si creemos poder alcanzarlo es esperanza, y si creemos perderlo del todo, o en parte, son celos. Plutarco afirmaba que si el amor no va acompañado de ciertos celos, no es activo ni eficaz. San Agustín afirmaba que el que no tiene celos no está enamorado, pero yo me quedo con lo que afirma el libriano de Antonio Gala: “los celos al amor le sientan bien”.

 

Para los antiguos, el amor es un veneno que se engendraba en nuestro cuerpo o penetraba en él por la vista, y las mujeres son más frecuentemente atormentadas por estos males que los hombres. Según Galeno, todas las enfermedades toman su nombre de la parte enferma, en el caso de los celos, de la locura amorosa o de la melancolía erótica le denominaban erotomanía y tal como señala el poeta Eurípides, la hacen proceder de Venus porque precisamente el nombre de la diosa empieza con la palabra aphrodias- locura. Platón define a Venus como “hija de la sal o del mar” haciendo clara alusión a la virtud generativa de la sal el hecho que los peces sean los animales más fecundos y que la sal, por su calor y aspereza, incite a la lujuria a los que la consumen en cantidad exagerada.

 

Según los filósofos morales y platónicos las causas del amor son 5, identificadas con los cinco sentidos naturales, que los poetas han identificado con las cinco saetas de Cupido y la astrología relaciona con los 5 planetas personales y a un nivel más práctico, representan las 5 fases que componen la estrategia del ritual del ligue o amatorio.

 

·                    Mirar: Sol, Luna (fase doble)

·                    Hablar: Mercurio

·                    Acoplar: Venus (acoplamiento postural)

·                    Actuar: Marte

 

Los celos presentan diferentes variantes:

 

·                    Celos del pasado. Síndrome de Rebeca. Proceso de historización.

 

·                    Celotipia, celópatas. Síndrome de Otelo. Son los celos patológicos, delirantes y las más de las veces agresores, de aquel que no necesita pruebas porque ya sustenta la convicción de que su pareja le engaña.

 

·                    Complejo de Medea. Según la  mitología Medea ayudó a Jasón a conquistar el vellocino de oro y luego se casó con él. Cuando fue repudiada por aquel, Medea mató a los hijos que había tenido con éste para vengarse del abandono.

 

 

Consideraciones astrológicas:

 

El temperamento será el primer indicador a valorar en el trastorno de los celos porque marca la forma de reaccionar ante el estímulo de los celos:

 

·                    Activos (fuego/aire): vuelve a las personas atrevidas, inquietas y precipitadas en sus acciones. La constitución caliente y seca es la más propensa al amor y a las reacciones explosivas. El fuego no se conforma: lucha. Celos pasionales.

 

·                    Pasivos (agua/tierra): Las hace tímidas, pesadas y taciturnas. La explosión de los celos es más interna que externa, angustiosa, depresiva.

 

 

Los astrología tradicional afirma que es necesario mucho tiempo, cuidados y diligencia para curar a los melancólicos eróticos, sobre todo si están enloquecidos por la influencia de Saturno. Marsilio Ficino, en De Amore, nos da las siguientes pautas astrológicas, relacionadas con los celos: 

 

1.               Saturno retrógrado.

2.               Marte conjunción Saturno.

3.               Sol oposición Saturno.

4.               Venus en casa de Saturno.

5.               Venus en la casa 3 ó 6 respecto a la Luna.

 

Otros autores también hacen hincapié sobre todo en la conjunción entre Venus y Marte, asociándola  a la melancolía erótica y al amor, pero en perjuicio propio. Es un aspecto que invita a las urgencias: “Lo que deseo, lo quiero ya”.

 

No resulta extraño, que a la mujer Aries y a la Escorpio, se las considere de las más celosas, en tanto que les cuesta estar seguras de su feminidad (ambos signos están regidos por Marte, el planeta relacionado con la masculinidad). Una tortura que les lleva a creer con insistencia que su pareja, tarde o temprano, las abandonará  por una mujer más femenina. La mujer Aries, por el hecho de tener a Libra en su casa 7 solar, está condicionada a que su feminidad debe ser reconocida por los demás, más que por ella misma. La escorpiniana, al tener a Libra en su casa 12 solar, considera la feminidad como un síntoma de debilidad.

 

 

CELOSOS CELEBRES

 

PROUST

10/07/1871, 23:22 GMT – París

 

El asma, la homosexualidad, la hipersensibilidad y el culto a la madre marcan la vida de este escritor. Sus amantes masculinos, siempre jóvenes, le abocan constantemente al desamor tras un cierto tiempo de dedicación obsesiva y absoluta. El amor entre hombres siempre está más abocado a la infidelidad y a los celos por una razón muy obvia: los hombres son más infieles que las mujeres y aquí se duplica la tendencia.

 

Además, en la época de Proust el amor homosexual estaba mucho más culpabilizado y prohibido que en la actualidad. Proust es un tipo que aspira a crear una pareja amorosa, pero la sociedad no lo permite. El mismo mundo homosexual no lo considera posible. El busca un amor que las costumbres, los hábitos y la falta misma de lenguaje oficial impiden que se vuelva manifiesto; es, por consiguiente, un amor secreto, prohibido, pero también irregular, promiscuo y salvaje. Un amor en el que no se puede pedir reciprocidad y fidelidad. En el  mundo gay el sexo llega antes que el amor y éste se ensucia de celos cuando no consigue convertirse en un proyecto. Los obstáculos convierten el amor en pasión amorosa.

 

Proust vivió devorado por los celos que le provocaba la promiscuidad de Agostinelli, que le traicionaba con mujeres, no con hombres. Según el escritor, no puede existir un amor feliz, no es posible una aventura sentimental que no sea desdichada. Para él, el amor es asimétrico, se debate entre la realidad y el deseo, la felicidad y el dolor, el placer y los celos. Este amargo convencimiento y este imposible olvido, como diría Gala, esta condena a recordar marcó su vida, al igual que el amor imposible por la madre, un amor que no puede concretarse y está condenado a desvanecerse porque contiene todas las asimetrías del amor. Pocos como Proust describen el amor imposible y la bajada a los infiernos, el loco amor materno y la terrible soledad del que nunca dejó de ser un  niño asmático y desvalido.

 

Proust tiene un concepto idealizado del amor (Luna trígono Venus) y firme, estable (Luna y Venus trígono Saturno) todo ello remarcado por el elemento tierra. Un amor a la madre incuestionable. En este sentido, me apunto a lo afirmado por el catedrático J. Esteva de Sagrera: “No hay mayor prueba de amor a la madre que negar el sexo propio para adoptar el de la madre, y en todo homosexual vive un niño que se ha hecho mayor y que se niega a mancillar a su madre yendo con otras mujeres, que rechaza su virilidad y que se vuelve mujer para conservar el amor de la madre, para no perderlo en el amor físico a las mujeres. Así como el marido renuncia por amor a su esposa al placer con otras mujeres, así el hijo renuncia a las demás mujeres pero, no pudiendo poseer a la madre, se convierte en mujer, es su madre”. El amor así decepcionado está abocado al dolor. Es una abdicación de la condición viril.

 

 

 

 

Proust como buen canceriano está condenado a recordar (Luna, regente de 4 en 1) y a ser prisionero del desencanto y de la hondura sentimental y trágica. Su vida fue un claro ejemplo de que los celos sobreviven al amor.

 

 

 

JUANA LA LOCA

6/11/1479, 9:00 – Toledo

 

Hija de los Reyes Católicos. No ha sido demasiado bien tratada por la historia, entre otras cosas porque interesaba afianzar la tesis de su locura por motivos dinásticos. Juana fue víctima de sus celos, pero también del fanatismo religioso de una incipiente Inquisición y de la ambición política de sus familiares, porque una vez muerta su madre, ella y no su padre ni su marido, era la legítima heredera del reino. Cuando cumplió 16 años fue concertada su boda con el archiduque Felipe de Austria, hijo de Maximiliano I y María de Borgoña, conocido por el sobrenombre de El Hermoso. El enlace entraba dentro de la política exterior de los Reyes Católicos, que tenía como fin cercar al enemigo reino de Francia. La boda se celebró en Lille el 21 de agosto de 1496, cuatro días antes de la fecha fijada, ya que ambos cónyuges sintieron una mutua e irrefrenable atracción nada más verse, deseando consumar el matrimonio esa misma noche.

 

Juana había sido educada en un ambiente castellano, austero y rígido y Felipe todo lo contrario.  El matrimonio no cambió la actitud conquistadora y mujeriega de éste,  acostumbrado a mantener relaciones sexuales con las damas de la corte, actitud que doña Juana no estaba dispuesta a permitir. Por eso pronto aparecieron los celos incontrolados y delirantes y los enfrentamientos entre los esposos. Los médicos etiquetaron a Juana como melancólica.

 

Cuando murió su marido no derramó ni una sola lágrima y dio severas órdenes para que solamente hombres velasen el cadáver, prohibiendo que ninguna mujer se acercase a él.  Y no quiso que lo enterrasen. Le atormentaban los celos incluso después de muerto. Estuvo presa de celos póstumos y de un desvarío que le acompañó de por vida.

 

 

 

Los historiadores discrepan abiertamente a la hora de enjuiciar a Juana la Loca y son muchos los que consideran que loca no estaba; más bien la consideran abúlica y débil mental y, sobre todo presa de un destino desventurado que la hizo víctima de las circunstancias políticas. La ambición de su familia la devoró: primero fue la ambición de poder de su marido; luego la de su padre y, finalmente, la de su hijo. Los hombres fueron su cruz; su cónyuge su especial calvario.

 

En su tema destaca la conjunción cerrada entre Marte y Plutón en el medio cielo. Se trata de un aspecto catalogado como cruel y que, por una parte, describe la fuerza pasional que iba a dirigir y a marcar su destino y, por otra, las luchas intestinas que durante su vida tuvo que batallar. Juana está marcada a fuego por su familia (Marte regente de casa 4 en MC) que la obligó y la manipuló (Marte conjunción Plutón) para que desempeñara un papel político que a ella no le interesaba. Para su desgracia, ella era la heredera de un trono envenenado en el que nunca quiso reinar. Su vida estuvo marcada por el dolor (Marte) y por la muerte (Plutón) y, especialmente, por los hombres (Marte) que fueron los que activaron su ya débil equilibrio personal (Marte cuadratura a Venus y a Júpiter).

 

Sus desgracias empezaron a manifestarse cuando contrajo matrimonio (Libra) y se activaron sobremanera los planetas que acoge este signo. Fue casarse y empezar las disputas con su marido que muy pronto se volvieron crónicas (Mercurio, regente de 7 en 12).

 

Juana era una reina que poseía una fuerte tendencia hedonista y a la lujuria y que carecía de frenos personales (Venus ascendente oposición Júpiter). Se enamoró rápido de Felipe el Hermoso (Venus cuadratura Marte) y tuvo que sufrir numerosas rivalidades en el amor, las propias de esta cuadratura. Escogió la opción de luchar y pelear (cardinal) y no cejó en su empeño en toda su vida. Abrasada por los celos, vivió en permanente tortura hasta tal punto que se la consideró loca cuando, en realidad, sólo era una persona ardiente, apasionada, visceral y valiente (Sol en Escorpio, Luna en Leo, Marte conjunción Plutón).

 

La presencia de Venus en el ascendente, siendo regente de las casas 5 y 6, es un claro indicador que amor y enfermedad están unidas, son visibles y, difícilmente, curables (Venus oposición Júpiter y cuadratura a Marte y Plutón –regente de casa 12-).

 

Con Juana se cumplen muchos de los aforismos de los antiguos relacionados con los celos (Venus en casa de Saturno, Marte conjunción Saturno, Venus en casa 6 respecto a la Luna, etc.); sin embargo, su conocida y principal obsesión pudiera atribuirse a la cuadratura cardinal entre Venus y Plutón, compulsiva, insaciable y exigente por definición en la esfera afectiva. Tradicionalmente, esta asociación planetaria se relaciona con amores no correspondidos, muerte de la pareja, celos extremos y necesidades sexuales desbordadas. En Juana se cumplen todos estos extremos y, posiblemente, la raíz de su trastorno se localice ahí, en una particularidad caracterial que unida al convulso tiempo que le tocó vivir hicieron de ella una persona sometida a las circunstancias. Juana vivió encerrada 46 años, con la llave del ataúd de su esposo colgada al cuello y, como Don Quijote, sólo recuperó la lucidez poco antes de morir. Lo propio de los que viven alucinados y mueren despiertos.

 

 

Por Ismael GIL